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  • María del Carmen Franco Chávez

El siempre presente Malestar en la Cultura

Actualizado: 8 ago 2020


No son inéditas las noticias de los desastres terrestres, unos creados por el propio sujeto humano y otros podríamos decir consustanciales al planeta mismo. Tal es el caso de los eventos sucedidos en los últimos tiempos,1 donde la vida humana tiene características que eran inimaginables hace incluso poco tiempo. La población de la tierra ha visto y sentido las fuerzas de la naturaleza de una manera impactante que ha puesto al descubierto nuevamente la indefensión del sujeto, aún cuando se tenga infinidad de recursos. Desde el año dos mil cuatro donde el fenómeno conocido como uno de los tsunamis más impactantes, quitó la vida a cerca de cincuenta mil personas y en transcurso del año pasado los huracanes Stan, Wilma y Catherina dejaron a su paso devastación y desolación mostrando la siempre presente fragilidad de la vida humana ante lo real, por más avances científico-tecnológicos que haya. Sin contar, como se mencionaba, con lo que el propio sujeto humano ha hecho del planeta: la devastación de la naturaleza, la depredación de los bosques y la creciente pérdida de la biodiversidad que tiene su impacto en la geografía económica y política. Todo esto sin contar con la guerra que es una verdadera perversión y una catástrofe en términos de destrucción de la vida humana y también en términos ecológicos, que impacta directamente la vida de los seres humanos y que no ha dejado de manifestarse en el planeta.

No sólo esos fenómenos, digamos externos de alguna manera, se han presentado en la vida de los sujetos. En estos tiempos, existe una serie de cambios en la vida cultural de la especie humana, que vale la pena reconsiderar. La pregunta sería, ¿qué impacto tendrán los cambios de la vida cultural en la subjetividad de los sujetos?

El sujeto, al igual que la cultura, también sufre cambios y por supuesto también se dan cambios en la subjetividad, en ese sentido. El sujeto que el nuevo siglo produce y producirá es digno de estudiarse. El sujeto, se enfrenta ante una diversidad de nuevas posibilidades que otrora no se vislumbraban ni en sueños, entre otras cosas tenemos: El impacto de las tecnociencias y el papel del padre, las

paradojas que trae esto como consecuencia, la vinculación con la perversión preponderante y creciente como producto de la transgresión y el rompimiento del impacto de la ley. La madre como ese gran Otro capaz de crear y devorar al sujeto. El horror económico del mercado en el sujeto, que lo objetiviza, que lo coloca como desecho. La drogadicción y sus colaterales como el narcotráfico y la narcopolítica. El creciente número de religiones como el desvanecimiento de ese asidero y la búsqueda incansable por alcanzarla. Infinidad de temas que pueden tocarse en este análisis, sin embargo por razones de espacio y tiempo, sólo se verán algunos de estos temas, sin que por ello se consideren menos importantes cualquiera otro que pueda pensarse. 2

Es con la lectura de Freud que se puede empezar este análisis, ya que desde el malestar en la cultura donde aporta entre otras muchas cosas que los seres humanos quieren alcanzar la felicidad y mantenerla, tanto como alejar el sufrimiento y se encuentran ante la paradoja de que no podrían identificar la felicidad, incluso el principio del placer, si no fuera por su ausencia. En el texto citado, ya Freud planteaba que “A esto se suma un factor de desengaño. En el curso de las últimas generaciones, los seres humanos han hecho extraordinarios progresos en las ciencias naturales y su aplicación técnica, consolidando su gobierno sobre la naturaleza en una medida antes inimaginable. Los detalles de estos progresos son notorios; huelga pasarles revista. Los hombres están orgullosos de estos logros, y tienen derecho a ello. Pero creen haber notado que ésta recién conquistada disposición sobre el espacio y el tiempo, este sometimiento de las fuerzas naturales, no promueve el cumplimiento de una milenaria añoranza, la de elevar la medida de satisfacción placentera que esperan de la vida: sienten que no los han hecho más felices”3, en estos tiempos lo impensable de Freud se vuelve realidad y existirán en el futuro, de igual manera, situaciones que no nos podemos siquiera imaginar, sin embargo como Freud lo apuntaba, el sujeto reniega de su cultura, porque le provoca renunciar a sus satisfacciones. En este mismo

texto se entiende a la cultura como una gran paradoja, alivia (si es que se puede llamar así) lo que ella misma causa. En ese sentido, la cultura, y a eso se debe este trabajo, no es explicación de nada, es más, es la cultura misma la que debe explicarse para aproximarse al entendimiento de la constitución de la subjetividad.

Pero, ¿cuál es el origen de la cultura entonces? Si es que la cultura tiene un origen. De cualquier forma que haya sido, si pensamos el origen como un mito, la cultura no puede entenderse sin el fundamento de la ley, es la ley que prohíbe la que explica esa renuncia pulsional de los sujetos para sujetarse a las leyes de la cultura, ¿cuáles leyes?, dos leyes fundamentales sobre las que están basadas todas las demás y en ellas descansa la subjetividad y en consecuencia la cultura: la ley de prohibición del incesto y el parricidio.

Es en Tótem y tabú donde Freud aborda por vez primera el mito de la muerte e incorporación del padre primordial de la horda primitiva. Dueño de todas las mujeres con acceso al goce irrestricto, Freud, investigador que propone la construcción de un evento que da origen a la cultura. Los hermanos expulsados se reúnen y matan al padre. Es después de este acto que los hermanos del clan sienten culpa y surge la reivindicación del padre mismo, los hermanos incorporan la ley, tienden entonces hacia la exogamia y el parricidio se convierte en un acto fundante, un acto que tiene enormes consecuencias, entre ellas la instauración de la ley, del incesto y del parricidio, base de cualquier ley en la que se quiera pensar. No sobra decir que es con efecto de retardamiento que ese acto se convierte en fundante, es après coup que adquiere significación de prohibido, por lo tanto de tratar de borrar el evento, de no querer saber nada acerca del suceso, por ello el padre se presentifica siempre, como si estuviera más vivo que nunca, se le venera y se le odia. La culpa entonces es consustancial a la subjetividad, los hermanos entonces sienten culpa, lo prohibido del padre se hace suyo, se incorpora como el padre mismo: no a las mujeres del mismo clan, no al parricidio. El banquete totémico revive una y otra vez ese acto para no olvidarlo y que la ley del padre esté siempre presente. ¿Qué otras consecuencias tiene ese acto fundante? La vida misma, la vida con lazo social, la vida sujeta a la ley, pero esta convivencia con la ley no significa de ninguna manera que sea en algún sentido armónica. De hecho el sujeto transgrede una y otra vez la ley. “Hecha la ley, hecha la trampa” dice un

refrán argentino. ¿Podría entonces pensarse que la ley no está instituida del todo?, ¿qué habría una falla de siempre en esa instauración?, ¿será la deuda de la inscripción en el mundo hablante y la tentación, la seducción de lo prohibido? De cualquier manera, en ese sentido, son ociosas las preguntas, porque si algo ha mostrado el psicoanálisis es la falta constitutiva en cualquier circunstancia y en cualquier aspecto, de modo que La Ley no se escapa de ello. Por eso podemos pensar que, la cultura y todos sus derivados incluida la familia como célula social, cualquiera que haya sido su forma, cualquiera que sea y la que será, es resultado de aquella culpa y de aquella ley, pues es en cierta forma una restauración de la horda primitiva que devuelve a los padres esos anteriores derechos, es la compulsión a la repetición del gran clan primordial.

Si esto es así, entonces, la familia cualquiera que sea su modalidad, aunque sea imposible hablar de “ella”, como un ente único sin modificaciones, ha de mantenerse sobre la culpa, sobre la ley, sobre la instauración de la ley de los sujetos que produce y reproduce. La ley y la sujetación son inherentes a la cuestión de la madre y del padre. El sujeto proveniente de ahí y se le inserta en la cultura de cierta manera. Por ello es imposible pensar en la disolución de la familia, más bien habría que pensar en esa reacomodación que cada sujeto hace con respecto a esa institución.

Cuando la familia deje de existir se acabará la producción de sujetos y en consecuencia, la cultura, puesto que es esa entidad, la que se encarga de reproducir y sujetar a los seres humanos al lenguaje y a la ley.

Es decir, el mito de la familia feliz4, donde están presentes el padre, la madre y los hijos conviviendo en un espacio compartido, es eso, un mito, venido a cuenta a partir del surgimiento de la propiedad privada y que devela lo que no existe. Hay que señalar aquí que no por ser mito no es digno de analizarse, bien sabido es que los mitos son parte de ese imaginario colectivo adecuado para dar sentido a algo carente de ello, aun así, desde siempre esa institución ha sido problemática y seguirá siéndolo hasta el fin de los tiempos. Puede decirse citando a Braunstein5 que:”la familia tiene la supervivencia asegurada aun cuando se transformen las formas de presentación, los envases, de ese producto inmemorial”, o bien

preguntarse si es que es que se espera una muerte de ella, cuando de principio nació con eso, con la muerte a cuestas como todo producto del lenguaje. En ese sentido la familia que es un producto de la cultura también es resultado de la ley de prohibición del incesto, debe, recordamos, haber una renuncia pulsional, un horario para nuestras pulsiones, para comer, para dormir, para evacuar y para cualquier actividad, un horario y un espacio también, todo ello puesto e impuesto por la familia, por el padre que al final como la cultura, siempre falla. Todas las pulsiones sujetas a restricciones y el sujeto tratando de alcanzar lo inalcanzable.

Cuando Freud habla de la magia y de los ensalmos en Tótem y Tabú, habla precisamente de la palabra, que desnaturaliza al sujeto, que lo sujeta, que lo toma, que lo separa para siempre del mundo natural, nada sería igual para el humano después de la instauración de la palabra, se convertiría en sujeto tachado. Retrospectivamente es posible pensar en la palabra freudiana como restauradora, pero fundamentalmente como instauradora de la ley y en consecuencia de la culpa y de la subjetividad. En ese sentido el sujeto del lenguaje es conducido por la cultura que sujeta, modula las mociones pulsionales primitivas “son inhibidas, guiadas hacia otras metas y otros ámbitos, se fusionan unas con otras, cambian sus objetos, se vuelven en parte sobre la persona propia. Formaciones reactivas respecto de ciertas pulsiones simulan la mudanza del contenido de estas, como si el egoísmo se hubiera convertido en altruismo, y la crueldad en compasión”6 , puesto que todas las relaciones contienen un grado de hostilidad que es reprimida, esas son precisamente las demandas de la cultura para ser incorporado en ella. Demandas que nunca son complacidas del todo, por ello la cultura siempre falla, de modo que la cultura no podrá nunca llegar a un equilibrio armónico de las mociones pulsionales.

Hasta aquí, una de las posibilidades es entender entonces a la cultura como el Nombre del Padre que separa al sujeto de las mociones pulsionales, se puede entonces entender también que como todo padre, falla. De tal suerte que la convivencia con la ley es siempre incierta, siempre tiene ese carácter ambivalente: por un lado pacifica al sujeto, le da contención, lo inserta en la cultura y en la sociedad, pero por otra parte señala lo que puede hacerse al prohibirlo y conmina al sujeto a la transgresión. Si esto es así, existe la demanda cultural a ser sujeto,

y, lacanianamente hablando, toda demanda es una demanda de amor. Demanda de la familia, de la sociedad a que exista un sujeto.

Otra de las consecuencias de esa inclusión en la cultura es que en el imaginario de los sujetos está la ilusión de una sociedad sin falla, una donde todos quepan, donde todos se sujeten y estén de acuerdo, una donde no haya que someter a otros. Una donde, como lo advertía Freud en psicología de las masas, no exista la falta o esté cubierta. Ilusión imposible ya que son justamente los otros, los inadaptados, los que no están de acuerdo y aquí pueden leerse todos aquellos grupos sociales (los indígenas, los homosexuales, las mujeres, los obreros, los campesinos, los criminales, los negros, los empresarios, los caciques, los políticos, los sectarios, los pederastas y todos aquellos que puedan verse como ese grupo que no está de acuerdo a lo que se considera la mayoría) son los que sostienen esa ilusión de totalidad, de organización sin falla. El llegar a una sociedad sin otros en contra, implicaría la muerte del sujeto y en consecuencia muerte de la cultura porque estaríamos hablando de una completud, una totalidad, una sociedad sin falla, sin falta. Cuando es precisamente esa carencia, esa falta lo que hace desear la completud y en consecuencia su carácter de abominable y amoroso que permite el lazo social. ¿Qué sería del sujeto sin ilusiones?, entendidas éstas como animadas por un deseo. Es tan difícil discernir lo que puede o no ser una ilusión, en ese sentido, no sólo la religión sería una ilusión, sino las ciencias que quieren aliviar el malestar que causa la cultura misma pero que al mismo tiempo tratan de borrar al sujeto. La justicia sería una ilusión, eso es lo que no hay, la justicia social o cualquier tipo de ella. La existencia de partidos políticos que se abrogan la ilusión de ser los que tienen respuesta para todos los miembros de una sociedad. Ilusiones que se erigen a sabiendas de su falla, por eso es permisible pensar a todos estos sistemas de pensamiento no sólo como formas de borrar la falta en la cultura, sino que a pesar de que se sabe que son ilusiones, de cualquier forma se establecen podría decirse que de manera “perversa”: “ya lo sé, pero aún así”. La ciencia tampoco lo salva de la arremetida de lo real como se ha visto no sólo en tiempos recientes, sino en la historia de siempre. De acuerdo a esto tanto la cultura, como la ciencia, como la política como cualquier sistema de pensamiento que intente cubrir la falta, pueden pensarse como falsos ilusorios, que no erróneos.

Ya que en cualquier terreno que se piense, hay de imposibilidades a imposibilidades, entonces el sujeto tendrá inexorablemente que elegir.

Ya Freud lo advertía cuando hablaba de ¿qué harían los bolcheviques una vez que destituyeran a los burgueses? La respuesta la ha dado el tiempo. Los determinantes económicos marxistas no han resuelto la irresoluble subjetividad humana. Intentos han ido y venido. El sujeto humano trata de alcanzar lo inalcanzable, en eso radica su supervivencia.

El estar inmerso en la cultura, el conocer que no se dominará jamás a la naturaleza ni que todos estaremos de acuerdo algún día, ni que todo será armonía y felicidad, no necesariamente tiene un efecto paralizante, puede tener un efecto contrario, dar paso al deseo y en consecuencia a la creatividad para tratar de alcanzar lo inalcanzable. Es la falta fundante la que hace surgir al deseo, en consecuencia la vida. Una vida que no es escindible de las paradojas de la subjetividad y que por lo tanto no está exenta de laberínticas confusiones.

Como se ha dicho fundamentalmente por Freud, ha de considerarse que para que exista cultura y todos los derivados de ella, debe existir una renuncia pulsional, se debe estar bajo el imperio de la ley, porque en el caso contrario, la sociedad, la cultura altamente tolerante, formará en el sujeto un superyó hipersevero, ya que no tendrá otra salida que volverla hacia adentro. ¿No es acaso lo que sucede en la cultura actual?, ¿no podría considerarse el síntoma de estos días?, casi todo se permite, casi todo se puede, no hay límites claros, las figuras emblemáticas de La Ley como los padres, los jueces, los maestros, las autoridades en general, se ven desvanecidas, no se toman en serio, entonces ¿qué podría esperarse de los sujetos del nuevo siglo con esta siempre cultura fallida?, ¿podría esperarse que el sujeto vuelque hacia sí mismo toda esta formación superyoica hipersevera que lo lleve hacia la destrucción?, ¿que en este camino gozoso tienda hacia la muerte? , ¿ello explicaría la opción de morir joven, en el caso de los adictos o de los narcotraficantes, pero haber tenido de todo, es decir, de no haber tenido restricciones pulsionales?, ¿explicaría acaso la creciente sofisticación en las armas mortales y la siempre potencial amenaza de una destrucción de los otros, que implicaría la propia destrucción?

Martha Gerez piensa que eludir la ley desubjetiviza al sujeto, queda el simulacro de sujeto, como el simulacro de hacer cumplir la ley en el caso requerido, con las trampas incluidas, da lo mismo decir una cosa que otra, prometer una cosa que otra cuando la ley ha fallado. Y, si es posible que para uno suceda esto, que la ley no tome ese lugar de sostener al sujeto, también lo es para todos los demás, dando origen al sentimiento de desamparo que se convierte en resentimiento hacia el otro y de ahí, no solamente a la trasgresión, sino a la destrucción del otro, es decir a los actos perversos, que no se viven sin angustia y que son motivo de otra reflexión, baste para este trabajo indicar que la ley no es de ninguna manera suave y sin consecuencias para el sujeto, que tiene esas dos vertientes inescindibles una de otra.

Bibliografía:

Braunstein N. (2000). Por el camino de Freud, El siglo XXI, México

Freud, S. (1930) El Malestar en la Cultura, en O. C. Amorrortu Editores, Buenos Aires Argentina, Tomo XXI.

Freud, S (1915) De guerra y muerte. Temas de actualidad. En O.C. Amorrortu Editores, Buenos Aires, Argentina, Tomo XIV.

Freud, S, (1921) Psicología de las masas y análisis del yo. En O. C. Amorrortu Editores, Buenos Aires, Argentina, Tomo XVIII.

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