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  • María Del Carmen Franco

Mi adiós a Néstor

Fue en Septiembre cuando leímos el Addio de Néstor Alberto Braunstein Illiovich, gran maestro y psicoanalista. Esta es mi forma de responder ante un acto, el último de mi maestro. Este escrito se realizó para un evento en honor y recuerdo de Néstor. En un evento como este, cuando se trata de hablar del o la homenajeada, una acaba refiriéndose a sí misma y cómo tal personaje influyó en la formación propia. Así alertados, no será sorpresa que me escuchen hablar de ciertas cosas que aprendí de Néstor.

La primera vez que supe de él fue a través del libro que publicaron en la editorial Siglo XXI, el grupo de argentinos que había llegado a México en 1975: Psicología, Idelogía y Ciencia. En ese tiempo, estudiaba psicología en lo que era la ENEP Iztacala de la UNAM. Como estudiante formé parte del experimento de Emilio Ribes Iñesta, de hacer de la psicología una ciencia positiva, a través del Análisis Experimental de la Conducta; incluso, el programa se jactaba de que en otros lugares se podría llegar a ser Ingenieros Conductuales. Con la desazón de haber elegido una carrera universitaria que yo creía totalmente diferente, y siempre a punto de abandonarla, buscaba una escapatoria que mantuviera mi vínculo con la psicología, o la probada de psicología que había conocido en el bachillerato. Uno de los compañeros, de otro semestre, inició un diálogo con un psicoanalista argentino, y luego nos invitó a varios, ese fue mi primer contacto con el psicoanálisis, con Alberto Sladogna tuvimos lecturas sobre la obra freudiana.

Mi recorrido para llegar al psicoanálisis fue largo e intrincado, como mencioné empecé con conductismo, luego estuve estudiando y trabajando en diversas aproximaciones psicológicas, desde las amorosas, dígamoslo así, hasta otros enfoques que ahora reconozco, casi rayan en la metafísica. Muchos años después, utilicé el texto de Siglo XXI con mis alumnos. Después conocí a Néstor Braunstein en la maestría de Psicología Clínica de la UNAM, lo elegí sin pensarlo dos veces, cuando lo pensé, una duda me atrapó: ¿qué tal si era un pagado de sí mismo y creía que era un privilegio estar en su clase? Este pensamiento rápidamente se desvaneció cuando empezaron las clases, ahí estuve dos años, donde con palabras poco lacanianas, muy comprensibles, nos explicaba el esquema Lambda, lo que era el goce, una de sus publicaciones recientes, además de otros temas y conceptos de manera sencilla. Siempre me quedaba con ganas de saber más acerca del psicoanálisis. Néstor era muy respetuoso, aun con los que decíamos cosas como: “pues yo si meto mi cuchara con los pacientes”, al escucharnos con preguntas conducía al grupo a cuestionar y posicionarse sobre esas declaraciones.

Fui una asidua alumna durante cinco años más, de ellos recuerdo varias cosas de Néstor. Nunca le hablé de tú, su saber me imponía demasiado, no obstante, siempre pude preguntar todo lo que se me ocurría y decir tantas tonterías, como dije en ese entonces: “¡yo sí sé lo que es una mujer, porque yo lo soy!”. Vaya, vaya con mi ignorancia (la mía y la de otros), para la que el querido maestro tenía mucha paciencia. Recuerdo que para trabajar, dejaba una lectura o varias, ya en la clase armábamos lo que él, retomando lo que un alumno dijo, denominaba el “broncógrafo”, que era poner en el pizarrón los problemas que habíamos tenido con las lecturas, o lo que no entendíamos y una a una las iba trabajando.

Empecé a asistir a los coloquios de la Fundación y a un seminario que impartía semanalamente, llegaban, además de los que éramos alumnos o exalumnos de Néstor, gente que destilaba erudición y que derramaba conocimiento, por lo que ese espacio de aprendizaje siempre fue muy gratificante. Era de esos pocos que había leído toda su biblioteca y visto también toda su videoteca. Libro que estaba en su librero, era porque ya lo había leído.

Néstor siempre fue un hombre sencillo que compartía con nosotros el día del maestro con pastel y chocolate, se dejaba querer, muy lejos de una posición distante, no era nuestro analista, era nuestro maestro.

También recuerdo lo amoroso que fue con todo el grupo, había una chica embarazada de la que estaba pendiente, cada semana indagaba cómo se sentía, cómo iba el embarazo. Sus abrazos eran cercanos, a veces una mano en la nuca regresaba a los años infantiles.

En alguna de las evaluaciones finales, cuando me tocó el turno de la retroalimentación, me dijo algo así como: “Es porque no es un camino fácil, que sigues aquí” solo sonreí, el psicoanálisis ya era parte de mí.

Pocas veces tuve la posibilidad de departir con él fuera del ámbito académico, pero las veces que así sucedió, fue muy gratificante.

Lo que recuerdo, entre otras cosas, de aquellos seminarios, es lo siguiente.

- Su metáfora acerca del cerebro y el psiquismo, comparado con un aparato de cine de los años 80, decía que aunque supiéramos todo acerca del proyector, dicho conocimiento jamás nos diría una palabra acerca de la película, si el aparato estaba dañado en algún lado, habría que interceder y arreglarlo, pero ello no tendría que ver con la parte psíquica. Yo he utilizado esta figura en otros espacios, con el crédito respectivo.

- Justicia es lo que no hay, es lo que falta.

- El Derecho y el psicoanálisis tienen una relación imposible.

- Hay un goce antes, durante y después de la palabra. Goce del ser, fálico y del Otro.

- El goce es un instrumento para leer nuevamente a Freud.

- Finjo, luego existo.

- El goce no se interpreta, el goce se descifra al igual que el acto analítico.

- El trabajo del analista es deconstruir las construcciones del analizante.

- La transferencia no exenta al analista de la violencia de la interpretación.

- El delirio es una construcción intelectual que restablece la conexión con el mundo.

- La paranoia es la manera de dar coherencia a las alucinaciones.

- La igualdad consiste en querer que se reconozca nuestra diferencia.

- El Derecho consiste en la castración universal.

- Lo sagrado es la voluntad del padre primordial.

- Los sentimientos son modos de interpretar lo que pasa entre uno y otro.

- Entre lo que se dice y el decir hay una grieta: el deseo.

- La ciencia pretende atrapar lo real a través de lo simbólico, dejando de lado lo imaginario del sujeto.

Hubo más frases que escuché y de las que tomé nota, a manera de aforismos, podrían ser, como Néstor mismo lo dijo, una provocación para argumentar a favor o en contra.

La última vez que lo vi de manera presencial (ahora hay que aclararlo), fue en una presentación de su libro Freud: a cien años de Tótem y Tabú, donde tuve el privilegio de ser una de las presentadoras. Finalmente, por el zoom, en la conferencia organizada por Jaime González, en el marco de un trabajo de cartel, fue sobre Artaud, cuando vio mi nombre dijo: “Carmen Franco, ¡cuántos años!”. La verdad es que me alegré, apenas mi nombre lo sé, pero esas palabras reactivaron la certeza de que se acordaba de mí.

Néstor también decía que la muerte era el punto final del discurso de un sujeto. En este caso, su punto final permite ver con retroactividad no solo su obra, sino su hacer mismo. En calidad de alumna y de su fan declarada, quiero señalar que nunca dejó de dar lecciones, su acto final es una muestra ética de su posición.

El adiós de Néstor con su entrañable carta, aunque de suicida, llega sin melodramas. Sopesada de hace tiempo, con un tono tranquilo, a pesar de que antecede el acto definitivo. La ironía y el sarcasmo los utilizó el maestro hasta el final, en ese documento arranca una sonrisa, cuando se refiere al dualismo cuerpo-mente; y quizá una reivindicación de los suicidas trágicos, cuando son abruptamente descalificados por el “pasaje al acto”.

¿Qué manifiesta ese acto final, ese discurso que termina? En mi caso, en una primera lectura, habla de que un ser querido decidió llevar a cabo el acto terminal de su existencia, esa que vivió y padeció en carne y hueso, más allá de lo que pueda decirse. Perogrullo lo sé, lo que quiero decir es que la vida se analiza, es nuestro trabajo como psicoanalistas, pero primero se vive.

Impresionante última lección que da ¿para qué se quiere la vida si no se vive a plenitud? Como dice, pudo seguir viviendo, pero cada vez menos dueño de sí mismo y dependiendo más de la voluntad ajena. Un ejemplo de autonomía y sobre todo de gusto por la vida. Néstor ejerció la libertad suprema de decidir cuando terminar su discurso, esas palabras finales a la que generosamente nos dio acceso, la última palabra, el acto final.

Por último quiero recordar, lo que él dijo en 1998 cuando Frida Saal, la que era su esposa, murió, en esa ocasión se le hizo un homenaje en lo que era el CIEP, del que también fue fundadora: “qué no descanse en paz, que siga provocando discusiones”. Lo mismo espero para Néstor, que no repose tranquilo, que el término de su vida no acabe con su obra, que su trabajo siga leyéndose y produciendo discusiones donde circule el significante.

Adiós maestro querido.

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