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  • María Del Carmen Franco

Covid-19, sus estragos psíquicos en los seres humanos

Conforme pasa el tiempo y los acontecimientos se precipitan, nos acercamos cada vez más a los escenarios que veíamos de lejos en otros países, en otras personas. En este momento, la gente tiene una gran necesidad de hablar, no para que se les resuelva, sino para que se les escuche. Encontrar a alguien paciente, como decía la abuela de un analizante: “Sé lento para escuchar, espérate, no me contestes”.


Los analizantes que no han querido perder su espacio de escucha, o bien los que lo han pedido, una vez que se suspendieron las sesiones presenciales, hablan ya de cómo va avanzando el covid-19, ya no está lejos, está en casa de sus padres, de sus hermanos, en sus trabajos y todo alcanza una relatividad impresionante, las preguntas que se formulan son del tipo de: ¿de verdad quiero continuar yendo al trabajo, con la posibilidad del contagio?, cuando han visto que alguno de los jefes tuvo la enfermedad y murió. O, ¿tiene sentido que me afane tanto en alcanzar tal o cual meta, cuando la lucha es por la supervivencia?, ¿para qué me esfuerzo en la universidad, si no sé qué va a pasar?, estoy preocupada por mi hermano, ¿la librará?

La enfermedad y la muerte rondan alrededor nuestro, la gente no duerme pensando en que no va a poder despedirse de sus padres que van a morir, y los van a cremar de inmediato. No hay tiempo para los rituales de despedida. La tristeza y la impotencia están por todos lados, de igual forma la angustia que genera la incertidumbre; aquí y allí surgen fantasías terroríficas que van más allá de la fantasmática muerte ¿y si me toca?, ¿qué va a ser de mis hijos?, la hipoteca ¿la cubrirá el seguro?, ¿cómo vamos a pagar la cremación? Porque ya no se piensa en el entierro.

Las preguntas de cada día son: ¿cuántos enfermos hay hasta el día de hoy?, ¿con cuántos muertos por la enfermedad amanecimos?, ¿le tocará a alguien de esta familia?

Los síntomas

El covid-19 ocupa mucho tiempo en el pensamiento, se vuelve un tirano implacable y las manifestaciones subjetivas de esa angustia son múltiples: el insomnio que conlleva la preocupación por el dinero, por lo qué va a hacer la hija adolescente, que no se sujeta a las normas y, que se escapa en las noches. Las apariciones psicosomáticas en la piel con la consabida rasquiña, el hambre incontrolable, o la falta de apetito, los horarios cambiados, poder dormir hasta las tres o cuatro de la mañana por haber estado viendo una serie, levantarse a las 12 y hacer todo en otros horarios, estar en las redes 18 horas al día, o estar pegado a la pantalla, también por 18 horas, en videojuegos con algún otro del planeta, en las mismas circunstancias. No salir de la cama más que para ir al baño y dormir mucho, estar triste todo el día y “no saber por qué”. Si se trabaja en el sector de la salud, además no tener tiempo para nada de esto, no pensar, no hablar, dejarse horrorizar por la cantidad y la cualidad de las muertes, a tal grado de acabar con la propia existencia.

Todas estas reacciones llevan a considerar a la pandemia, causante de tantas calamidades, como una guerra. En efecto, se ha equiparado lo que actualmente sucede en el mundo, con una guerra silenciosa, tomando en cuenta que conlleva los mismos estragos de los que están en el frente de batalla, solo que ahora todos estamos en el frente. Desde el punto de vista psicoanalítico, la metáfora de la guerra es interesante, porque no solo en términos sociales, sino individualmente siempre estamos en guerra con nosotros mismos, atacándonos, evidenciando la división del sujeto mismo, no hay totalidades, ni siquiera con uno mismo.

Para Yoweri Kaguta Museveni, presidente de Uganda (sin entrar en la polémica de su cuestionada autoridad), la lucha contra la pandemia es como una guerra entre las naciones. Sin embargo, el atacante no tiene más que ganar, sino muertos y más muertos. No hay lugares sagrados, ni negociaciones de paz, no hay petróleo de por medio, ni piedras preciosas, ni minerales de gran valor bajo la tierra, no es para agrandar el país, ni siquiera es para imponer una religión determinada, o un cambio de régimen (Edson Reinoso Noticias 2020). Una guerra donde los muertos no son seleccionados, es decir, no son los jóvenes carne de cañón que están en las fuerzas armadas de todos los países, sino que pueden ser de cualquier edad, nación, condición social, color de piel[1].

Hay que decir que la humanidad ha enfrentado varias de estas crisis sanitarias de diferentes maneras: con estados de excepción, recomendaciones, advertencias o castigos a los ciudadanos. En este caso, si bien la letalidad del covid-19 es alrededor del dos por ciento, lo que representa un cierto “beneficio” para el ser humano, si se considera la población mundial, ese porcentaje es una cantidad extraordinaria de personas, que se acerca cada vez más. Para seguir con la metáfora guerrera, la trinchera para combatir al enemigo es estar aislado, en espacios limpios y con distanciamiento físico, (que no social) en las viviendas; todo ello trae otras consecuencias en el sujeto mismo, la sintomatología descrita con anterioridad, y que también está presente en los individuos que han participado en la guerra. En este contexto es que recurrimos al artículo de Freud, “Introducción al Simposio Sobre las Neurosis de Guerra” donde encontramos su posicionamiento al respecto.

Sobre las Neurosis de Guerra

Recordamos ese texto de 1919, en el que Freud se congratula de que se fueran a crear dispensarios psicoanalíticos donde los médicos, con dicha formación, encontrarían la manera de estudiar y tratar la naturaleza de las enfermedades causadas por la guerra. Sin embargo, tales deseos sucumbieron cuando la guerra terminó, puesto que las consecuencias, aparentemente, también desaparecieron. “Desdichadamente, se había perdido la oportunidad de explorar a fondo esas afecciones. Es preciso agregar: esperemos que ella no vuelva a presentarse demasiado pronto (Freud 1996, 205).”

Según el mismo texto, el Psicoanálisis sostiene que “son fuerzas pulsionales sexuales las que se expresan en la formación de síntoma, y que la neurosis surge del conflicto entre el yo y las pulsiones sexuales por él expulsadas (Freud 1996, 206)”. En el sentido de la sexualidad, que no se restringe a lo genital. Cabe señalar que, tomando en cuenta el conflicto del individuo con el individuo mismo, el estudio de las neurosis de guerra no pudo aportar algún factor decisivo a la situación de las neurosis traumáticas en tiempos de paz.

En las neurosis traumáticas y de guerra, el yo del ser humano se defiende de un peligro que le amenaza de afuera o que se le corporiza en una configuración del yo mismo; en las neurosis de trasferencia de tiempos de paz, el yo valora a su propia libido como el enemigo cuyas exigencias le parecen amenazadoras. En ambos casos el yo teme un daño: aquí de parte de la libido, allí de parte de los poderes externos. Y hasta se podría decir que en las neurosis de guerra, a diferencia de las neurosis traumáticas puras y a semejanza de lo que sucede en las neurosis de trasferencia, lo que se teme es pese a todo un enemigo interior (Freud 1996, 208).

Sin embargo, no considera insalvables los aspectos teóricos de la unificación de ambas neurosis y puntualiza que:

La escuela de psiquiatría llamada psicoanalítica, creada por mí, venía enseñando desde unos veinticinco años atrás que las neurosis de tiempos de paz han de reconducirse a perturbaciones de la vida afectiva. Ahora bien, esta misma explicación fue aplicada en términos universales a los neuróticos de guerra. Nosotros habíamos indicado, además, que Ios neuróticos padecen de conflictos anímicos, y que los deseos y tendencias que se expresan en los fenómenos patológicos son desconocidos (es decir, inconcientes) para los enfermos mismos (Freud 1996, 210).

Son estas las razones por las que no creemos que las sintomatologías, causadas por el confinamiento, puedan llamarse neurosis de covid-19; achacándole al famoso virus la totalidad de los pensamientos, las acciones, las respuestas de los individuos, sino entender que el sujeto es el que está atravesado por la falta, y es eso lo que lo hace sufrir de diferentes maneras. Si tiene la capacidad de tolerar esos eventos, sin que se desborde, no los vivirá como traumáticos, pero si no es así, lo hará de la peor manera.

De lo anterior surge la inminente pregunta: ¿cómo se es capaz de tolerar esas vivencias como no traumáticas? La respuesta es tan diferente como sujetos existen, es decir, depende de lo que se hayan nutrido o hayan alcanzado en el camino de la existencia, aunque en el fondo siempre habrá algo que desborde al sujeto. No hay manera de lo contrario, no hay correctivos, ni se puede aprender cómo lograr lo que ya no es posible. Sino asumirlo y saber qué hacer con eso.

La palabra y el Psicoanálisis

Desde su surgimiento, el Psicoanálisis sostiene la importancia de dejar fluir la palabra, para que a través de ella, ese goce atrapado[2], manifestado como síntoma, pueda apalabrarse y el sujeto tome una posición al respecto. Así la palabra es, concordamos con la propuesta de Braunstein (2006), una suerte de diafragma del goce, una laminilla flexible que deja pasar la luz, en su metáfora fotográfica. La palabra permea o impide el goce, lo saca del cuerpo y lo coloca en un discurso, cosa que no es sencilla y siempre trae consecuencias.

Podemos pensar entonces, que a través de un discurso que manifieste síntomas, con una escucha que no pretenda inundar de sentido ese sufrimiento, el sujeto del inconsciente puede aparecer y hacerse preguntas, puede apalabrar eso que tanto le molesta, le duele; y pensar que no solo es por el confinamiento, sino que hay otras cosas por las que no se ha preguntado. Por eso es importante la escucha sin un sentido determinado, ahí estaríamos hablando de la resistencia del analista. Decía Lacan:

¡Cuídense de comprender!, y dejen esa categoría nauseabunda a los señores Jaspers y socios. Que una de sus orejas se ensordezca, en la misma medida que la otra debe ser aguda. Y es la que ustedes deben aguzar en la escucha de los sonidos o fonemas, de las palabras, de las locuciones, de las sentencias, sin omitir entre ellos las pausas, escansiones, cortes, períodos y paralelismos, pues es allí donde se prepara la versión palabra por palabra, a falta de la cual, la intuición analítica queda sin soporte y sin objeto (Lacan 2011, 446).

En síntesis

Puntual y apretadamente, todo lo anterior se resume en lo siguiente:

1. No es por una causa externa que el sujeto está dividido y por eso sufre. La división es estructural y se manifiesta de diferentes formas, no habría sujeto si no fuera por esa división.

2. El sufrimiento aflora en mucha de la población, cuando hay situaciones excepcionales, pueden ser guerras o confinamientos como lo es ahora, pero está presente desde siempre, aparece cuando el sujeto ni se lo espera, cuando algo de lo que sucede toca una fibra interna, de la que nada sabía hasta entonces.

3. La manera en la que esos sufrimientos y el posicionamiento ante ellos pueden transformarse, es hablando. Hablar es fundamental, más aun en situación de aislamiento y distanciamiento físico. Las palabras son determinantes por su efecto en el cuerpo y su performatividad.

4. El Psicoanálisis es una opción para atravesar por palabras lo que le acontece al individuo, pero no es la única. Hablar con amigos, con familiares, reconstruir esa red de relaciones cercanas, que nos hacen pensar que formamos parte del deseo de otros, es otra alternativa.

5. La opción del Psicoanálisis es importante para no quedarse en los límites de la eliminación de los síntomas, si es que se eliminan. Permitiría atravesar por el diafragma de la palabra todo ese malestar que el sujeto piensa, que le viene de afuera, posibilitaría que se pregunte y arme discursos que le generen respuestas a sus propias preguntas, que produzcan movimientos internos, que lo posicionen de manera diferente ante cualquier eventualidad.

De esta forma terminamos, regresando a la idea del principio: un analista debe ser lento para escuchar a la manera en que se planteaba, es decir, sin llenar de sentido el discurso, esperar, guardar silencio, callar para que aparezca lo que el otro tiene para decir.


Bibliografía

Braunstein Néstor, (2006) El Goce. Un concepto lacaniano, México, Editorial Siglo XXI.

Edson Reinoso Noticias, (27 de abril de 2020) “Discurso del presidente de Uganda a su nación”, www.facebook.com/losmocanos054/posts/133214681620230:0 (Consultado el 30 de abril de 2020).

Freud Sigmund, (1996) “Introducción a Zur Psychoanalyse der Kriegsneurosen”, en Obras Completas T. XVII, traducción de José L. Etcheverry, Buenos Aires, Arorrortu Editores.

Lacan Jaques, (2011) “Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956”, en Escritos I, traducción de Tomás Segovia, Buenos Aires, Ed. Paidós.

[1] Una guerra totalmente democrática, como dicen algunos. [2] Entendiendo el goce a partir de Lacan, es decir, la satisfacción de su síntoma, o el sufrimiento que deriva de su propia satisfacción.

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